Son muchos años en esto. Yo creo que una de las cosas que me da una visión de las artes escénicas locales es haber vivido todo un largo proceso, desde la posdictadura hasta el día de hoy. Y también haber sido testigo de la resistencia de esa época, que tenía que ver, diría yo, con la forma en que el arte y la cultura se manifestaban frente a lo que se estaba viviendo en Chile en ese momento.
Existían opciones ideológicas dentro del espacio de las artes escénicas. Una de ellas fue la que tomó el Teatro El Rostro, un espacio más combativo, vinculado directamente a la resistencia cultural. Otra fue la que asumió El Caracol, conformado por gente ex-TUC del Teatro de la Universidad de Concepción, que optó por la salvaguardia del teatro chileno en un contexto de agresión a la tradición y a la reflexión sobre lo que pasaba y había pasado en el país.
En esa opción hay un tema que para mí permanece de manera muy fuerte en las artes escénicas: la presencia femenina. Estaban Brisolia, Marta, Aida Garcés de Crisosto, Luz Neira, Norma Gómez, Berta Quiero, toda una presencia femenina que continúa hasta el día de hoy. Es un referente que necesita recuerdo, presencia y análisis.
Esa mirada femenina, tanto durante la dictadura como en la posdictadura, cooperó a que las artes escénicas se mantuvieran vivas. Había una lucha permanente de las mujeres, su relación con las agrupaciones de derechos humanos, y un trabajo sostenido que permitió sostener el quehacer artístico en momentos muy complejos.
Al volver a la democracia, existía una esperanza muy concreta de que se generara una nueva propuesta en las artes escénicas. Desde mi punto de vista, eso no ocurrió de manera significativa, al menos no en ese momento. Recién hoy, en los jóvenes, se empieza a ver una nueva forma de abordar estas artes.
Yo tengo también una mirada un poco romántica de lo que fueron las artes escénicas en el período en que me tocó participar: primero como actor, luego como iluminador, escenógrafo y posteriormente como gestor cultural. Yo rescataría eso: la acción de un país que vive una dictadura, lo que se hace durante ella, lo que se hace después, la presencia femenina en ese transitar y cómo se genera un trabajo permanente y sostenido.
Si yo hubiese sido un estupendo actor, probablemente habría seguido siendo actor. Pero los malos actores, como en mi caso, siempre derivamos hacia la escenografía, la iluminación o la parte técnica. De alguna manera, junto con Brisolia, asumimos la gestión del Grupo de Teatro Caracol: cómo hacer funciones, dónde llevarlas, con quién hablar. Ahí uno empieza a descubrir habilidades propias que tienen que ver con la gestión.
Cuando se abre el primer Diplomado en Gestión Cultural, yo estaba estudiando Derecho. Soy licenciado en Ciencias Jurídicas y Sociales, lo que me habilitaba para cursarlo. El primer diplomado lo hicimos en la Universidad de San Sebastián, aquí en la región, por los años 90. Éramos actores y personas vinculadas al mundo cultural. Fue un buen modelo de planificación y significó una primera profesionalización de la gestión cultural.
En ese tiempo yo ya estaba en Artistas del Acero. Ingresé en 1988 y, al recibir la corporación, había que hacer mucha gestión. Prepararse para la gestión cultural implicaba, básicamente, constituir redes. Yo estaba en una situación de privilegio frente a otras organizaciones, porque recibíamos financiamiento de Huachipato. Eso permitía gestionar mejor los espacios, sin depender de postulaciones, en una época en que ni siquiera existía el Fondart.
Ese privilegio permitió generar muchas redes a nivel nacional. Artistas del Acero fue creciendo, ampliándose, apoyando a la comunidad artística y cultural. Desde hace mucho tiempo somos un referente en términos de espacios de trabajo, ferias y múltiples posibilidades de desarrollo para el mundo artístico.
Eso te instala como referente tanto a nivel local como nacional. A nivel nacional, el objetivo era incidir desde la región en una política pública cultural que recién se estaba formando en Santiago. De alguna manera, llevábamos la voz de las regiones. Yo era como el “niño símbolo” del hacer regional, defendiendo la mirada desde fuera del centro.
Teníamos una conducción privada, no pública, lo que nos daba una voz más relajada frente a los temas de política cultural. Nos vinculamos con ministros, con el mundo cultural y político, participando activamente. Gracias a los recursos, teníamos la posibilidad de viajar, estar presentes, escuchar, aprender y a veces aportar, algo que no todos podían hacer.
Eso no significa que gracias a nosotros se haya escuchado a las regiones. Las regiones siguen siendo marginadas de muchas decisiones del centro. La gestión cultural tiene una importancia fundamental tanto para el desarrollo cultural local como para la incidencia regional en las decisiones centrales. Si bien hoy existe una mayor incidencia, no es suficiente: hay que dejarse oír.