Concepción, 2025.
Poco tiempo atrás, Natalia Jorquera, junto a un magnifico grupo de creadores y creadoras, en donde podemos ver reunida la vasta gama profesional que implica el arte escénico y su producción -a estas alturas eminentemente interdisciplinario- presentó Bruma, un trabajo apoyado en la danza y la teatralidad. Su exploración dramática adentra en los contenidos del terror con una ambivalencia que deriva subsconscientemente entre el terror político y la contemporánea develación de un cotidiano abuso sexual. Hay una estética en música y movimientos que me evocan un panorama oriental. Me refiero con esto a parajes sonoros que recuerdan el audio del primer Silent Hill, asi como un tratamiento de la imagen corporal a veces próxima al “fantasma japonés” desgreñado y siniestro, junto a movimientos que parecieran relacionarse con los vistos en las escenas de hospital de la clásica película “La escalera de Jacob”. Hay muchos detalles icónicos que destacar, por ejemplo, los cardos, el sillón, el tejido, objetos varios en escena, y que hablan por sí mismos, como un intérprete más. En fin. La obra fue un éxito en términos de espectadores a la vez que aporta a la inauguración en el Bio Bío, de las búsquedas en las especificaciones genéricas. Al incorporar el terror como eje de trabajo, propone una abertura posible a -valga el caso- una “Danza de ciencia ficción”,o un “Interdisciplinario de fantasía épica”, o lo que tengas a bien imaginar. Son los nuevos tiempos, en donde vemos múltiples fuentes para el espectáculo escénico: por ejemplo, esa especie de ficción terapéutica que constituye Intronauta de Joel Inzunza y Cía. Ya habrá tiempo de extendernos sobre lo viejo y lo nuevo, sobre el antes y el después en términos de lenguajes y concepciones del arte y la escena, por ejemplo el traslado danza moderna – danza contemporánea -interdisciplina- en Concepción, que implica un cambio no solo de exploración técnica (incluida la vocación tecno humana y ciborg de nuevos medios) sino un efectivo cambio de paradigmas, así como el desvanecimiento del límite genérico, el cuestionamiento de la concepción autoral, el cambio del relato épico y representativo hacia una invidividualidad que dice la sensación… pero detengámonos por el momento aquí. Lo que quiero señalar en relación a Bruma de Natalia Joquera, es un asunto más bien periférico pero decidor: si revisas en búsqueda de una lectura crítica, una opinión más o menos fundada, una estructurada reseña de la obra suscrita, no encontrarás casi nada en el medio local. Si encuentras algo, será un refrito -incluida la vasta panoplia de las redes sociales- de lo que imagino fue en su día el comunicado de Natalia y compañía a los medios. Porque se repiten, como un coro de loros, las misma palabras, frases y opiniones. “Como equipo ya no se busca el terror en sí, el objetivo de la obra no es asustar al público, sino ofrecer un espacio para mirar los miedos personales y colectivos, tematizando el terror e invocando a través del ejercicio performativo conceptos clave para la obra: entre ellos el suspenso, terror, horror, lo siniestro y lo monstruoso” dice Natalia…y en general, esto es el distintivo a que aluden los comentarios de la obra. Se señala también la dramaturgia estructurada por Leyla Selman, así como el aporte técnico y conceptual del equipo creativo… Pero no hay visión de intertextualidades y tampoco, un aprecio de valor más allá de lo “diferente” acaso… Y ¿Qué es lo diferente? ¿El tema? ¿El tratamiento? ¿El movimiento? ¿La interpretación? ¿La concepción otra de arte escénico? ¿La red de enlaces y significantes en que como una telaraña, se inserta la obra? Hace ya tiempo en Concepción que una serie de estas -incluso más que obras yo hablaría de “procedimientos” u “operaciones escénicas”- buscan abrirse paso en la ciudad. Tienen buena respuesta de público, sí; pero el “público” constituye más un gozo y menos una lectura. Acaso sea el tiempo en que la lectura crítica les brinde el interés y el aprecio que merecen.